Las tardes estivales tienen el poder de arrancarle a mi memoria recuerdos de acontecimientos que jamás he vivido. La luz solar que penetra en mis ojos, a través de la retina, estimula en el cerebro enlaces electroquímicos que me hacen sentir eufórico, y me obligan a recordar.
Exactamente qué, no lo puedo precisar. Sólo sé que las sensaciones que experimento las he sentido en alguna ocasión anterior, ya sea cuando era muy niño, en el vientre de mi madre, o en otra vida —no estoy seguro. Lo que es innegable es que la brisa veraniega que me acaricia el rostro, el suave aleteo de las hojas, la claridad reverberando en la carretera, las flores rojas y amarillas coqueteando con los prados verdes, la tierra negra recién arada y lista para la siembra, los cúmulos en el cielo y el azul intenso del lago se combinan para sumergirme en un estado armónico y luminoso en el que floto.
En ese estado alterado, mis sentidos e instintos se agudizan, lo que me permite notar, detectar y absorber todo lo que me envuelve. Entonces comprendo por qué rendir culto al sol, como lo hacían las civilizaciones antiguas, tiene más sentido que venerar la abstracción de un dios antropomorfo.
En verano la vida se alarga. El sol se nos da en abundancia, desde muy temprano en la mañana hasta bien entrada la noche. Sin embargo, a menudo se tiene la sensación de que el tiempo no alcanza para todas las actividades que nos gustaría realizar.
Paseos en bicicleta en Highland Creek, Leslie Spit o Mount Pleasant Cemetery; conciertos de jazz en Nathan Philips Square; International Hispanic Fiesta en Harbourfront; LatinFest en Mel Lastman Square; Caribana en el Lakeshore; Shakespeare en High Park; fuegos artificiales en Ontario Place; conciertos de rock en Wonderland; feria del libro en Queen Street; picnics en Centre Island; zambullidas en Cherry Beach; o, simplemente, caminar o conducir por el centro de la ciudad mirando el enjambre de mujeres con poca ropa.
El verano me brinda la oportunidad de pretender vivir en tres meses el equivalente de un año, antes de que las nubes negras se apoderen del cielo, y sienta remordimiento si dejé que se me escapara. Es un festival, un rito, una celebración de la vida.
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© William Almonte Jiménez, 2005
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