¡Ojalá fuera un sueño
muy largo y muy profundo,
un sueño que durara hasta la muerte…!
Yo soñaría con mi amor y el tuyo.
—Gustavo Adolfo Bécquer
La encontré por primera vez al final de una fresca tarde de octubre, mientras volvía de la feria del libro en el Paseo de Recoletos. Había estado allí durante horas, deambulando por los corredores formados por las casetas de los vendedores; explorando con la vista las estanterías repletas de libros de todo tipo. Cada vez que algún libro me llamaba la atención, lo cogía, casi de manera ritual, dejando que mis manos se deslizaran por sus hojas, sintiendo la textura del papel en mis dedos, olfateándolo profundamente, disfrutando de un placer casi orgásmico. El deleite que me producía este acto, junto con la curiosidad y el deseo intenso de desentrañar los misterios que contenían, creaban en mí un estado de euforia que me hacía sentir en un lugar mágico. Me fui solo, pero regresé acompañado; Kafka, Russell y Rimbaud venían conmigo.
ideas sin palabras
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás;
memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría
impulsos de llorar;
Al salir de la estación del metro en la Puerta del Sol, las sombras ya eran largas. Una soñolienta luz malva bañaba los edificios y teñía el cielo que se moría. Caminé sobre la baldosa que indica el Kilómetro 0 y me detuve frente al edificio donde, no hace mucho tiempo, torturaban a la gente por el simple hecho de disentir con las autoridades.
Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo
y les he visto el fin con los ojos
o con el pensamiento.
Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
y me incliné por verlo,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡tan hondo era y tan negro!
Mientras subía la ligera pendiente de Carrera San Jerónimo, rumbo al hostal en la Calle del Príncipe, oí una voz que provenía del suelo. Alguien sentado en la calzada adoquinada extendía su mano y me pedía dinero. Detuve mis pasos. Me tomó tal vez fracciones de un segundo resolver en mi cabeza la cuestión de si debía darle mi dinero o no. En ese brevísimo instante mi retina retrató su imagen y la mandó donde las neuronas trabajan sin descanso, analizando, racionalizando, juzgando y sacando conclusiones. Tendría unos veinticinco años, vestía una blusa andrajosa y unos pantalones cortos que mostraban sus piernas hasta un poco por encima de las rodillas. Su pelo era rubio, mugriento y enmarañado. Debajo de su cara desaseada se notaba una piel blanca y suave, unos ojos grises y pesarosos, y unos labios gruesos y sugestivos, que dejaban translucir un rostro hermoso. Tenía un brazo amputado por el codo y una de las piernas mutilada.
Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
Saqué unas monedas de un bolsillo, se las entregué y me apresté a continuar mi camino. Sin embargo, de nuevo, en fracciones de un segundo, y por razones que aún no comprendo, decidí quedarme. Me presenté y le pregunté su nombre.
—Yolanda —respondió.
—¿Qué te pasó? —indagué, al mismo tiempo que (casi sin darme cuenta) me sentaba en el suelo junto a ella, arrimado contra la pared—. Ignorando el tropel de gente apresurada que pasaba por encima de nosotros, entablamos una conversación.
Me relató que venía de Segovia acompañada de su marido. El vehículo en el que viajaban chocó con un camión, su marido murió y ella quedó desfigurada. Yolanda no pudo recuperarse de la tragedia. Se dejó atrapar por una espiral de autodestrucción que la arrastró a su estado actual.
Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
Vivía en un cuarto inmundo, en un edificio nauseabundo y tétrico, en un vecindario desagradable y peligroso. Me comentó que quería mudarse porque le aterraba vivir allí.
Flores tronchadas, marchitas hojas
arrastra el viento;
en los espacios, tristes gemidos
repite el eco.
—¿Sabes una cosa? —dijo, cambiando bruscamente de tema—, tú eres perjudicial para mi negocio. ¿Has notado que en el rato que tienes aquí, nadie me ha dado nada? Es porque piensan que eres mi amante y que estoy pidiendo para ti.
—En ese caso, lo mejor será que me vaya —opiné—. Me levanté para irme, pero ella me detuvo.
—No te vayas, quédate —me pidió, con un tono que casi me pareció una súplica.
En las nieblas de lo pasado,
en las regiones del pensamiento
gemidos tristes, marchitas galas
son mis recuerdos.
Me senté de nuevo en la acera y reanudamos nuestro diálogo.
—¿No tienes planes de dejar la calle? —le pregunté.
Me explicó que todavía estaba litigando con la compañía de seguros, pero que su abogado le aconsejaba que tuviera paciencia, que no se desesperara, ya que los trámites eran lentos, aunque ella tenía todas las de ganar. Me comentó que con el dinero que consiguiera tenía la intención de abrir un negocio, una perfumería o una mercería.
—Siempre estoy aquí —expresó—. Puedes volver cuando quieras, para que hablemos, o podríamos ir a otro lugar a tomar un café.
Le informé que sólo estaba de visita, que venía del otro lado del océano, y que regresaba a casa en pocos días. Deseándole suerte en su litigio con la compañía de seguros, en sus futuros negocios y en su vida en general, me levanté y me despedí de ella. Antes de proseguir mi camino, la miré durante unos segundos.
—Eres muy linda, por dentro y por fuera —le dije—. No te quedes en la calle.
—Gracias —respondió.
Me incliné, le di un beso en la mejilla, y sonrió con el semblante iluminado.
Al día siguiente, después de haberlo pasado en el Centro de Arte Reina Sofía (tratando de descifrar las intricadas figuras geométricas de Picasso, los fantásticos garabatos de Miró y los seductores paisajes post-apocalípticos de Dalí, poblados por entidades retorcidas, desmembradas y derretidas), regresé, con la certeza de que la encontraría justo donde la dejé. Todavía estremecido por la violencia implacable del Guernica; alucinado por los colores rutilantes y los símbolos cautivadores de El Gran Masturbador; y enternecido por los cabellos, la espalda y las nalgas de La Muchacha en la Ventana, cuya mirada y ansias se perdían en un horizonte inalcanzable; doblé por Carrera San Jerónimo con algo de prisa. Pero ella no estaba. El lugar donde el día anterior dos desconocidos se hacían confidencias, sentados en el suelo, estaba desierto. Se me ocurrió que tal vez nuestra conversación había surtido algún efecto, y ella había decidido dejar la calle; o que se había ido a otra calle, donde ese día de la semana su negocio, como ella lo llamaba, le dejaba más; o que quizás, debido a un inesperado brote de orgullo, pudor, vergüenza o dignidad (quién sabe), no quería que yo la viera otra vez, desamparada, abandonada a la caridad de los transeúntes.
Temprano en la mañana del día siguiente, deambulaba sin rumbo fijo por el Puente de Segovia. El nombre del sitio me forzó a rememorar el trágico accidente que segó una vida y destrozó otra.
eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo, ni a dónde
mis pasos me llevarán.
Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
llevan al caminante a perecer:
yo me siento arrastrado por mis ojos
pero a donde me arrastran, no lo sé.
No pude evitar ver su rostro reflejado en las aguas serenas y turbias del Manzanares, mientras meditaba sobre la naturaleza frágil y transitoria de nuestra existencia.
Yo soy un sueño, un imposible
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. -¡Oh ven; ven tú!
Al brillar un relámpago nacemos
y aún dura su fulgor cuando morimos;
tan corto es el vivir.
Lamentando que al día siguiente me marchaba y que probablemente nunca más la volvería a ver, me pasé el resto del día en el Campo del Moro, leyendo a Bécquer.
La gloria y el amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos:
Despertar es morir.
Primero es un albor trémulo y vago,
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se difunde
en ardiente explosión de claridad.
La brilladora lumbre es la alegría;
la temerosa sombra es el pesar;
¡Ay!, en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?
Al regresar al hostal, una extraña alegría me invadió al verla desde lejos, ocupando el mismo sitio. Su rostro brilló al notar mi presencia a medida que me acercaba. Me acomodé nuevamente en el suelo, apoyando la espalda contra la pared para no obstaculizar el paso a los caminantes, y retomamos el intercambio iniciado dos días antes.
Yo estaba sorprendido y complacido. Ella vestía ropa limpia, olía a limpio, se había lavado el pelo y se lo había recogido en una cola. Llevaba maquillaje en la cara y pintura en los labios. Lo que yo estaba mirando corroboraba lo que ya sabía, que era una muchacha muy hermosa. Me dio la gana de pensar que esa transformación fue fruto de mis palabras. En el fondo de su ser, Yolanda debía intuir que no era cierto lo que la gente pensaba de ella al lanzarle unas monedas y mirarla con desdén; que ella no era basura; que el espíritu y la mente se rehúsan a morir; que un ser humano puede ser empujado sólo hasta cierto límite, donde inevitablemente se produce la insurrección que lo llevará a combatir las circunstancias adversas y elevarse por encima del fango; que ella aún era una persona con la capacidad y las ganas de vivir, soñar y desear; que un extraño venido de allende los mares se lo había confirmado, simplemente con hablarle, decirle que era linda y darle un beso.
En el mar en la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo:
¡Sin embargo, estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de este himno
cadencias que el aire dilata en la sombras.
Le comuniqué que me marchaba el próximo día, y que le deseaba mucho éxito, amor y felicidad en todo el tiempo que le tocara vivir. Me rogó que le diera mi dirección, para enviarme postales. Tras anotarle en un papel dónde vivía, nos despedimos. Me alejé volviendo la cabeza de vez en cuando, cada vez diciéndole adiós con la mano y sonriendo. Ella hacía lo mismo.
Como era de esperarse, nunca más volví a verla. Jamás recibí las tan anticipadas postales. No sé si sus sueños se hicieron realidad o si, por el contrario, se hundió más en el remolino de circunstancias imprevistas que le malograron la vida. Pero en las tardes cortas de octubre, cuando las nubes negras ocultan el sol, y la noche nos toma por asalto más temprano que de costumbre, me acuerdo de ella.
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
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© William Almonte Jiménez, 2005
© Versos de Gustavo Adolfo Bécquer, 1836-1870
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