وقع أقدام متقطع يحملوني إلى رحيلك.
و أعيش تحت خيالك في كل زوايا الشمس
Le tracé haché me conduit
toujours à ton départ,
Et j'habite ta silhouette aux
angles solaires.
—Mohamed Loakira
La sirena del barco y el bullicio de las personas que se apresuraban a abordar despertaron a Sadia. Llevaba a cuestas la fatiga de veinte horas de viaje. Normalmente, el trayecto de Skoura a Tánger duraba cerca de diez horas, pero el autobús había hecho paradas en Ouarzazate, Marrakesh, Settat, Berrechid, Mohammedia, Temara y Rabat.
Al subir a bordo encontró un lugar donde sentarse, y tan pronto se acomodó, volvió a quedarse dormida. En su sueño, regresó a su infancia. Abbad, su padre, la llevaba a Agadir a ver el mar por primera vez. Caminaban juntos, tomados de la mano, por la montaña, a lo largo de las murallas, por las callejuelas de la kasba, y en el cementerio del pueblo donde él le señalaba las tumbas de sus antepasados. También soñó que su madre, Samira, preparaba algo en la cocina, que la despertaba para apresurarla porque era hora de irse a la escuela; que oraban juntas en la mezquita. En su sueño, estaba en clase, absorta en un problema de aritmética, mientras Khadija, su maestra, la observaba desde su escritorio y le sonreía. Además, soñó con Saïd, su hermano, que vivía en Marsella.
*
Abbad y Samira habían fallecido varios años atrás, uno después de la otra. Y el día en que, sollozando, despidió a Saïd en la parada del autobús, sintiendo que en Skoura ya no quedaba nada a lo que aferrarse, se dijo que muy pronto, también ella se iría. Cumplidos los dieciocho años y en contra de los ruegos de la tía Dounia, hizo la maleta, tomó el autobús y se marchó.
*
Desde la terminal de autobuses en Tánger caminó casi una hora, arrastrando su equipaje. Pasó por las avenidas Ibn Ardoune, Ibn Batouta, Ibn Khaldoun y Avenue d’Anglaterre, que a esa hora de la madrugada estaban despobladas.
Al llegar al embarcadero, el lugar se encontraba desierto, envuelto en la bruma y la melancolía características de los puertos al amanecer; quizás porque están impregnados con el residuo de las despedidas. Entró a la estación, que también estaba vacía, se acomodó en un banco y se durmió. Hasta que la despertaron la sirena y el ruido de la gente.
*
La sirena del barco que atracaba al otro lado del Estrecho volvió a despertarla. Tras descender y salir del puerto, recorrió la Plaza del Puerto y la Avenida Virgen del Carmen. Al llegar al Parque de María Cristina, se sentó en un banco, totalmente agotada. Sin amigos, ni parientes, ni conocidos en ese lado del Mare Nostrum, no tenía idea de qué hacer ni hacia dónde dirigirse.
*
Pasé toda la tarde deambulando sin rumbo fijo por las calles de Madrid, sintiéndome bastante solo. A las 4:30, el hambre comenzó a hacerse presente. Tal como temía, no logré encontrar un restaurante abierto. En España, los restaurantes suelen cerrar a las 4:00 p.m. para prepararse para la cena y vuelven a abrir a las 8:00 p.m.
Tenía tanta hambre que sentía que no podría aguantar mucho más sin comer. A unas pocas calles de distancia vi un letrero que decía “Cafetería Ansari”. Supuse que estaría abierta y que podría conseguir al menos un sándwich. Estaba en lo cierto. En su menú, ofrecían una variedad de sándwiches y refrescos. El lugar estaba débilmente iluminado y, salvo yo, estaba vacío. Cuando la mujer que trabajaba en la cafetería me trajo mi sándwich, lo devoré con avidez. Mi hambre extrema hizo que me supiera como el sándwich más delicioso que había probado en toda mi vida.
Estaba sentado en la barra cuando ella se me unió, tal vez para romper la monotonía y aliviar su soledad. Mientras yo comía, comenzó a contarme su historia. Me relató cómo, a sus dieciocho años, abandonó su pueblo natal en Marruecos y, completamente sola, cruzó el Estrecho de Gibraltar en busca de una vida más prometedora en España.
Me contó que emigrar en las condiciones que lo hizo resultó ser extremadamente complicado. Trabajó largas horas como niñera, cocinera y limpiando recámaras en un hotel, por una miseria que le pagaban. Hubo quienes quisieron ultrajarla, meterla en el vicio y negocio de las drogas o prostituirla. Las circunstancias, a veces, se hicieron intolerables, y muchas veces consideró regresar a su tierra, pero perseveró, y las cosas mejoraron. Ahora tenía un marido que trabajaba en la industria de la construcción, mientras ella se ocupaba de la cafetería. Tenían una hija de tres años y estaban ahorrando dinero para comprarse una casa.
Cuando terminé de comer, la voz de Sadia aún resonaba en las paredes de la Cafetería Ansari. Yo era todavía el único cliente presente. Detrás de su optimismo pude entrever el asomo de una leve pesadumbre. En sus ojos marrones, claros como la arena, se advertía la añoranza por el desierto, las dunas, las montañas, la medina, el oasis y el jardín de Alláh.
Una vez que pagué lo que había consumido, le agradecí que me hablara de ella y que me contara su vida. Su compañía y nuestra charla resultaron ser mucho más gratificantes que el propio sándwich. Un viajero solitario siempre anda en busca de gente con quien conversar. Fueron sus palabras las que me proporcionaron la motivación necesaria para seguir adelante con mi camino.
Al salir de la cafetería, me detuve un rato en la esquina de Abrantes y Besolla, indeciso sobre qué camino seguir, exactamente como Sadia el día que desembarcó en Algeciras. Opté por tomar el metro en Pan Bendito y volver al hotel.
En el tren reflexionaba sobre todo lo que me había narrado; sobre el hecho de que no le pregunté por qué se fue a Madrid y no a Marsella, donde vivía Saïd; y sobre la idea de que un día escribiría la historia de Sadia.
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© William Almonte Jiménez, 2014
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