El calor vespertino me recuerda situaciones del pasado, especialmente de mi niñez en el trópico, una época en la que muchas posibilidades, sencillas e inofensivas, me quedaban por delante.
Unos minutos antes de las dos de la tarde, me dirigía al Colegio San Francisco de Asís, como llevado por una ensoñación, a través del túnel de árboles que formaba la Avenida Hermanas Mirabal. El árbol bajo el cual jugábamos, en el centro del patio, lo recuerdo inmenso, proyectando una sombra gigantesca, como queriendo defendernos de la maldad y preservar inalterado el bienestar que nos envolvía.
Todas mis maestras eran muy chéveres. No me acuerdo de una sola que me cayera mal.
Lucía era una morena chulísima, de pelo negro y lacio, y ojos que centelleaban igual que los astros. La fortuna quiso que fuera mi maestra de primer grado. Cada vez que estallaba el temporal y el patio se inundaba, ella interrumpía las clases. Entonces, nos poníamos a hacer barquitos de papel, los montábamos sobre el lomo de una onda y los veíamos perderse en algún abismo que los llevaría a mundos incógnitos y remotos.
Marta tenía una tez que se asemejaba a la miel o al caramelo. Siempre llevaba los cabellos recogidos en un moño. Tenía cara de malhumorada, siempre frunciendo el ceño, pero en realidad era muy tierna. La vida me premió con la dicha de que fuera mi maestra de segundo grado. Fue ella quien consideró que yo era muy aplicado y estaba lo bastante preparado para pasar al cuarto año. Así se lo propuso y consiguió convencer al director del colegio, un cura franciscano venido de España, igual que muchos de los sacerdotes de esa época en mi pueblo natal. De esa manera me libré de hacer el tercero y me adelanté a los demás muchachos de mi edad.
Consuelo era madre de tres, esposa de uno, y mi profesora de cuarto curso, a quien quería mucho. Su cara manifestaba la desdicha de un matrimonio malogrado. ¿Que cómo podía un niño de nueve años enterarse de esos asuntos? Lo sé, porque impresa en algún escondrijo de mi memoria está la estampa de Consuelo conversando con otra maestra sobre las penosas circunstancias por las que estaba pasando. El nombre le servía de poco.
Camila era una gordita, chiquita y muy sensual, que el azar puso en mi camino para que fuera mi maestra de quinto grado. Digo que era sensual porque así me enseñó a verla Miguel. Y lo digo en retrospectiva; en esa época mi vocabulario no daba para tanto. Miguel se pasaba todo el tiempo escudriñándole el busto a Camila y secreteándome a mí. Una vez me dijo que parecía que la profesora quería coger, porque tenía los senos paraditos, y que si una mujer tenía los pechos así, era señal de que tenía ganas de sexo con un hombre. ¡Parece increíble! Apenas teníamos diez años y ya le deseábamos las tetas a la maestra.
Como si soñar con los pezones de Camila no hubiera sido suficiente para mantenernos distraídos, a mediados del quinto curso llegó Clara. El Colegio San Francisco de Asís era exclusivamente para varones. Al otro lado de la calle se encontraba el Colegio San José, únicamente para niñas. La familia de Clara se había mudado a Santiago de otra de las provincias del interior en medio del año escolar. Resultó que no había espacio para ella en el Colegio San José, de manera que le permitieron terminar el año escolar en el nuestro. ¡Qué suerte tienen algunos! En todo el colegio había una muchacha y sólo una, y a nuestro quinto curso le tocó la ventura de tenerla. Podría pensarse que debió haber sido sobrecogedor para una muchacha ser la única alondra entre una bandada de cuervos. Sin embargo, no fue así. En esa época aún no habíamos perdido por completo la inocencia. A Clara la tratábamos igual que a una reina, nos desvivíamos por complacerla y competíamos por su atención. Su nombre fue premonitorio, porque Clara se llamaba la única compañera de clase de la que me enamoré al cursar la secundaria.
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© William Almonte Jiménez, 2005
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